Nuestra máxima victoria

Termina una nueva época de campañas y la locura nos sonríe de frente. Y no sólo a consultores, candidatos y operadores políticos esclavos de nuestra pasión y aspiraciones, también a los millones de votantes y anexos que durante tres meses han sido orillados a contemplar un espectáculo siempre bipolar: a veces propositivo y a veces mezquino; a veces irrisorio y a veces plausible cuando la creatividad triunfa sobre la parquedad de los mensajes electorales.

Así es. Todos somos presas de una alucinante parafernalia que produce en las mentes más susceptibles, visiones de un futuro prodigioso, acaso mutante. Somos testigos y parte de un espectáculo muy peculiar que sobrevive a toda época; una exhibición circense que llega para marcharse y se marcha para volver.

Una vez más, los espacios publicitarios y noticiosos se saturan con el cíclico desfile de anuncios que buscan persuadir al elector mediante consignas elocuentes y canciones pegadizas; quizá publicitando el dulce sabor de las propuestas o repartiendo golpes a ultranza cuyo objetivo es noquear al rival y hallar así, un atajo a la victoria.

Esto son nuestras amadas campañas electorales: un carnaval multicolor que trasciende mucho pero que divierte a pocos (quizá sólo a gente como nosotros). ¿Por qué? Vale; está claro: por la evidente crisis de innovación comunicativa y el decreciente valor como marca del oficio político. ¿Pero cómo contribuir a revertir este problema que nos afecta a quienes elegimos ganarnos la vida posicionando seres humanos como símbolos de esperanza, compromiso y trabajo honesto? Fácil más no sencillo: cambiando la manera de ejecutar ese mensaje político que siempre puede ser adaptado al paso del tiempo.

Cualquier persona –y con mucha razón– podría afirmar que la fiesta itinerante de las elecciones se trata de una exhibición exótica, surreal y nauseabunda donde personas de disímiles trayectorias concursan para obtener el favor sagrado de su pueblo, no obstante, esta celebración resulta fundamental para que las sociedades orgullosamente democráticas se desarrollen al máximo pues –aunque usted no lo crea– una sola elección es capaz de definir el destino de los grandes proyectos sociales, educativos, económicos, industriales, tecnológicos y laborales durante décadasstrong>.

En pocas palabras, las votaciones son esenciales para acceder a la vida que desea cada ciudadano que habita en el maravilloso mundo de la democracia. Por ello la necesidad de encontrar un remedio simple y eficaz (si es que existe) para acabar con el mal aliento de la política.

Veamos. Si el producto promovido en las campañas electorales cuenta con el rechazo general de la población, ¿por qué continuar anunciando este producto de la manera en que nuestros públicos le critican? ¿No representa esto, un empujón más hacia el desfiladero del cuál deberíamos estar huyendo? ¿Cuál es nuestro deber como consultores, seguir sólo la comanda estratégica que prioriza el ganar a toda costa, o propiciar una magna evolución de la política?

 

Digamos la verdad: la soberbia y la indiferencia constituyen un mal extendido que puede poseer el alma de cualquiera de nosotros. ¿Cuándo en cualquier rama del marketing, la comunicación se construye desde la visión de quien comunica y no desde la percepción de la gente y sus grandes insights? He ahí la razón de muchos fracasos en la elaboración de las campañas electorales. Toda estrategia y acción creativas deben ‘nacer de la gente’ y no del capricho o inspiración divina de quien por obvias razones ha recurrido a nuestra asesoría. ¿Para qué tantos sondeos y estudios cualitativos si las campañas continúan mostrando un distanciamiento tanto del corazón del pueblo, como de sus deseos y opiniones? ¿Cómo dar nuestro propio salto evolutivo si con nuestro trabajo no apelamos a lo más profundo de aquellos que vivifican y continúan dotando de sentido a la política?

Hace falta estimular la humildad en el perfil político y abanderar con astucia no el discurso institucional que supedita a nuestros clientes sino aquel que pertenece a los votantes; el mismo que exige un cambio de actitud por parte de los aspirantes al poder

Algunos de los avances, descubrimientos e invenciones más grandes de la humanidad surgieron de ideas divergentes que se arriesgaron a cuestionar el statu quo. Por eso ahora, para garantizar la supervivencia de la política, su sistema debe ser cuestionado y reinventado. Las campañas electorales necesitan mostrar un atrevimiento creativo sin igual, aceptación de las distintas enfermedades políticas e inteligencia para aprovechar las oportunidades de reivindicarse con la gente que es la materia prima de todo acto democrático.

Hoy, en la era de las redes sociales, de la interacción en tiempo real, del poder ultrademocrático de internet, es imperativo hablar con la verdad, aceptar y reparar eficazmente cualquier error e interactuar con los diferentes públicos de forma genuina tratando de construir una estrategia conjunta que lleve los proyectos de nuestros clientes hacia un éxito longevo y benigno.

Si bien ejercer esa presión de cambio sobre el sistema político es empresa difícil hasta para los propios artífices de campañas, no debe considerarse una meta inasequible. Este oficio amerita constituir un plan a largo plazo que vaya moldeando la forma de hacer política para que ésta y su vitalidad continúen acompañando el desarrollo de la especie humana.

Las campañas son una guerra interminable que debe librarse con astucia y corazón para sumar adeptos que nos permitan encarar futuras batallas. Olvidémonos de las ideas refritas y evitemos dejarle todo el protagonismo de nuestras ejecuciones sólo a los rostros acartonados que maquillamos digitalmente. Fumiguemos los discursos infestados de clichés y exhibamos experiencias humanas; promovamos realidades y evitemos alimentarnos de la demagogia siempre vulgar. Utilicemos el idioma de la gente y esquivemos el lenguaje de la tecnocracia. Pensemos más en cómo satisfacer las necesidades de los círculos verde y café que son los que nos entregarán su voto. Empleemos más una publicidad sensible y emocionante y aderecémosla con la justa cantidad de propaganda.

Nosotros también somos creadores de sueños y fuertes contribuyentes del cambio que necesita el mundo. El trabajo del consultor no sólo se trata de proferir consejos y, ante todo, asegurar la victoria de nuestros candidatos. Para ser reales vencedores no basta con resultar electos.

Nuestra máxima victoria se presentará cuando hallemos el modo de ejecutar nuestra profesión al tiempo que revolucionemos la comunicación, la consultoría, la política y la historia de una especie que sólo representa un parpadeo del universo. Si la locura ya ha penetrado nuestra psique, que tal excitación nos lleve a explotar todo nuestro potencial para iluminar a una política que vaga perdida en su propia oscuridad.

 

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