El candidato ideal

Hoy la política mexicana, acaso la de todo el planeta, está de cabeza. Internet, la televisión y las transmisiones radiofónicas evidencian un carnaval de hechos que van de lo ridículo a lo indignante. ¡Puf! ¿A qué clase de espectáculo pertenece el privilegio de liderar naciones y comunidades?

Somos entrenadores y consejeros de quienes habrán de protagonizar la historia; de aquellos que personifican la naturaleza política que le permitió evolucionar al hombre; de los únicos seres humanos dedicados veinticuatrosiete a determinar el futuro a partir del poder que reviste a sus decisiones; a partir de su creatividad, liderazgo, astucia, conocimientos, ideología y fuerza de la población que representan.

Pero hablemos con la verdad: la política de todo el mundo exhibe afanosamente un lado oscuro del cual debe desprenderse para recuperar los valores que llenan nuestro trabajo de oportunidades. Es crucial que pronto ocurra un giro en la forma de ejecutar las campañas electorales, los proyectos políticos y la comunicación gubernamental; una transformación en la construcción de iniciativas, en el desarrollo los programas sociales, en la gestión de recursos, en el contenido de los discursos, en los pactos, en el cabildeo… El cambio del que siempre hablan nuestros anuncios debe exceder la argumentación propagandística y convertirse en una realidad tangible. ¿Y por qué debe interesarnos que así sea? Simple: porque los consultores políticos y equipos creativos somos estrategas de venta y publicistas de un producto devaluado y en crisis que demanda una gran metamorfosis.

Del rebranding de la política depende no sólo nuestro futuro sino la propia evolución del mundo, y de las nuevas figuras políticas que logren emerger, depende la gran transformación de la política. Por esta razón, cabe preguntarnos cómo es el candidato ideal, aquel personaje capaz de propiciar la reformulación de los conceptos tradicionales de un oficio tan vital para que las distintas sociedades puedan desarrollarse.

¿Cómo debe resultar ese personaje que hemos de moldear? Por supuesto, no hay que pensar en formar un ‘Capitán América’; ese arquetipo del boy scout superpoderoso difícilmente funcionará conquistar una política donde la moral es siempre tambaleante. Lejos de formar un candidato inmaculado, debemos presionar para volverle un líder comprometido, astuto y capaz que sepa vislumbrar el camino correcto para conectar con la gente y que no tema apostar por la ejecución de planes con visión social y de futuro que funcionen tanto para la población como para el ascenso de su carrera.

Encontrar o formar un candidato ideal con atributos tan seductores como exitosos suena encantador y desafiante. Sin embargo, contemplando la oscura realidad, formar una figura política con todo lo que se necesita para propiciar un cambio en la historia de su nación es remar contra corriente. Por otra parte, siempre que haya un grupo de expertos detrás de hombres y mujeres de talento dispuestos a llevar su trabajo hacia lo más alto, cualquier cosa extraordinaria puede suceder.

Empecemos por lo básico. Un candidato ideal necesita cumplir con varios requisitos, muchos de los cuales son herramientas que nosotros como asesores y estrategas necesitamos facultarles para encaminarlos al éxito. Asimismo, el candidato “perfecto” puede (debería) poseer varias habilidades innatas y características que faciliten su proyección y hagan nuestra tarea mucho más sencilla; éstas son: la elocuencia, el carisma, la disciplina, el liderazgo, una apariencia física agradable (difícil, ¿cierto?), solidez en su trayectoria política y una vida libre de escándalos (¿acaso es posible?).

Qué grandioso sería que todos los aspirantes al poder contaran con los atributos de un líder nato. No obstante, por mucha experiencia que tenga, no cualquier político cuenta las aptitudes idóneas para destacar, por lo que un equipo de asesores habrá de subsanar las grandes carencias de sus candidatos mediante un correcto entrenamiento y directrices claras que les permitan acercarse a sus objetivos y acceder a una nueva forma de comprender y ejecutar sus acciones.

Por ello, dejando a un lado las características y talentos que no pueden ser manipulados por terceros, un candidato ideal necesita, sobre todo, enfocarse en trabajar un segundo nivel conformado por las habilidades y conocimientos que le convertirán en un político preparado para encarar próximas elecciones y cualquier otro tipo de proyectos. Y es aquí donde nuestro trabajo adquiere la facultad de determinar la historia que compartimos todos.

Nuestro personaje necesita contar con una investigación profunda para conocer a detalle el entorno electoral y el contexto cultural de la gente que habrá de representar, esto le permitirá saber la manera correcta de comunicarse con los votantes y las exigencias que debe satisfacer para entablar con ellos, una conexión funcional, poderosa y sobre todo, genuina.

A la par de la investigación, un candidato ideal debe poseer o desarrollar una plataforma de acciones que logre definir todos los objetivos que cumplirá en el corto, mediano y largo plazo; que sea un reflejo del interés por mejorar la realidad de la comunidad, entidad o país que encabezará, y que le otorgue sustancia a cada movimiento, discurso, mitin, ejecución creativa, etcétera. Lo más importante es acabar con las promesas y proponer metas claras, útiles y asequibles que le permitan posicionarse como un político bueno, diferente.

Por otro lado, el candidato ideal debe ejercitar su habilidad discursiva mediante media training y potenciar así su arma más grande que es la comunicación verbal y la no verbal ante los medios de comunicación, eventos de campaña y durante la grabación de contenidos audiovisuales. Igualmente, éste requiere de una preparación exhaustiva para aprender a debatir y ejecutar opiniones persuasivas y contraataques certeros a los comentarios de sus adversarios.

En un tercer nivel, el de la toma de decisiones, el candidato ideal debe ser intuitivo, asertivo y tener capacidad de adaptación al avance del tiempo y la mutación del contexto político. Debe comprender su campaña o gestión desde la óptica del público que constantemente recibe una avalancha de mensajes sin contenido que sólo incentivan el rechazo absoluto a la política. Este candidato debe tener la capacidad de pensar de afuera hacia adentro y construir su comunicación sobre lo que la gente solicita y demanda como moneda de cambio para entregarle su voto o aprobación. Debe proteger su proyecto del ego propio y del de sus operadores para visualizar los movimientos que tiene que realizar para enfrentar astutamente cualquier crisis repentina o darle un empuje definitivo a su campaña y a su carrera política.

Innovar no debe ser un problema para el candidato ideal. Aspirar a la reformulación de los conceptos políticos necesita ser su bandera y con ella intentar reconquistar una profesión que suele carecer de creatividad y enaltecer el cliché y la demagogia. Este candidato debe ser auténtico al hablar y no tener temor a decir la verdad y a reconocer sus errores y las oportunidades perdidas; debe optar por la formulación de planes enfocados tanto a asegurar el futuro de sus aspiraciones como el porvenir de la economía, salud, deporte, cultura, educación…

Es tan apasionante hablar siempre del deber ser, abandonarse a la fantasía y creer que sólo con fuerza de voluntad, una gran estrategia y mucha destreza, cualquiera sería capaz de cambiar el paradigma, el statu quo; pero está claro que la realidad suele destruir todo atisbo de optimismo y nos orilla a seguir anhelando el incremento del porcentaje de oportunidades para crear una revolución en la política.

Hallar un ‘salvador’ e instruirlo para renovar la política es una labor que puede resultar ingenua. Sin embargo, en nosotros habita la capacidad tangible de crear estrategias mucho más dinámicas, cercanas, útiles y transparentes para llegar a la población y con ello provocar un cambio paulatino en el corazón de la comunicación política. Nosotros podemos influir en la conformación de los próximos líderes del mundo y sembrar un cambio que permita tanto nuestra supervivencia como el renacimiento de la política global.

Miremos a nuestro alrededor. La gente común no vive esperando los espots electorales, ni siquiera se toma el tiempo de comprender y reflexionar las someras líneas de un anuncio espectacular; sin embargo, sí está al tanto del devenir político y de sus constantes yerros. A través de la web y mediante las redes participa de una protesta constante que le lleva a volverse un agente mucho más activo en el proceso democrático y a demandar un nuevo orden mundial. Sin más hay que decirlo: el viejo modo de hacer política es obsoleto, insostenible, injustificable.

Emplear las nuevas tecnologías y plataformas de comunicación no es suficiente. Sustancialmente, la política debe evolucionar.

Lo que hoy raya en la utopía comienza a resultar una necesidad. ¿Qué destino habremos de elegir? ¿Seguiremos contemplando impávidos esta necrosis? ¿Habremos de propiciar un cambio o permaneceremos hundidos en los caprichos de un sistema inexorable?

Si encontrar el candidato ideal es una simple utopía, una irrisoria fascinación, convertirnos en el consultor ideal, aquel que tras bambalinas supervisa la ejecución de la gran obra, siempre estará al alcance de nuestra voluntad.

Nuestro tiempo es ahora.

 


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