¿Quién tiene la razón?

Hay pocas cosas más placenteras que tener la razón. ¿A quién le desagrada la sensación de un «te lo dije» parido por su propia boca? ¿Acaso hay alguna persona libre de toda soberbia que pueda negar la satisfacción que provoca confirmar la supremacía de sus argumentos?

Pero ¿qué pasa cuando la razón que argüimos poseer está dada no por el análisis imparcial y exhaustivo de los hechos, sino por la búsqueda y confirmación inconscientes de nuestras creencias? ¿Cómo afirmar que estamos del lado de la verdad cuando nuestra mente se empeña en juzgar la realidad no como es, sino como creemos que esta es?

Tal clase de discernimiento —naturalmente tendencioso y conveniente— es llamado sesgo de confirmación: una poderosa inclinación cognitiva, cuyo efecto nos hace distinguir, memorizar, privilegiar, interpretar o difundir todo tipo de información que encaje en nuestro paradigma de creencias. Este tipo de sesgo es potenciado cuando apelan a nuestras emociones o cuando hallamos mensajes que detonan los prejuicios que configuran nuestra psique.

No existen verdades absolutas. El mundo que percibimos está hecho de interpretaciones personales y opiniones consensuadas. Influidos por nuestros valores, apetencias, contexto, expectativas y vivencias, seleccionamos información, compartimos lo que sentimos y dibujamos ante nuestros ojos, una realidad que en ocasiones no corresponde con la que observan los demás, ni con el universo construido por los hechos de cada día. Es así que alguna temática, libro, cantante, deportista, filme o político, pueden resultarnos extraordinarios y, a la luz de la crítica, ser mucho más comunes de lo que pensamos; o, por el contrario, cualquier opinión, noticia, decisión gubernamental o figura pública que consideremos irrisoria o negativa, puede ser mucho más certera y benigna de lo que a priori nuestro juicio sentencia.

En la era de Facebook y Twitter, donde la citación de memes y fake news como argumentos discursivos es sumamente habitual, esgrimir nuestras apreciaciones morales, políticas, deportivas, religiosas o artísticas como certezas incuestionables, es tan pueril como irresponsable, ya que el dominio de los prejuicios sobre nuestro razonamiento alienta tanto la beligerancia opinativa en redes sociales como la aplicación de nuevas estrategias de posverdad.

La influencia de nuestros sesgos cognitivos nos hace vulnerables a la manipulación informativa financiada por grupos de poder a través de sitios periodísticos, cuadrillas de bots y —en apariencia— inocuas páginas de entretenimiento. En la batalla por el monopolio del «me gusta», siempre será menos lucrativo publicar contenidos que faculten el análisis objetivo y verificable de la realidad, que difundir vaguedades ajustadas a nuestros intereses y que cada público esté predispuesto a compartir y viralizar.

Nuestra sociedad hiperreduccionista, memética y tuitera, desdeña el análisis y entroniza la síntesis (hay verdades que miden 240 caracteres). Dada la celeridad del flujo informativo actual, no hay tiempo suficiente para contrastar y desmenuzar lo que consumimos a través del móvil, la computadora o el televisor. Atrapados en un ciclo frenético de novedades discutidas superficialmente, tergiversadas según apegos ideológicos, trivializadas mediante el humor simplista, y reemplazadas por nuevos tópicos de interés popular, no hay espacio suficiente para estructurar un criterio fundamentado y abierto al cuestionamiento de toda noción preconcebida.

Las posibilidades comunicativas y de reconocimiento social que nos ofrecen las redes nos incitan a opinar acerca de casi cualquier tema, incluso sin reparar en el origen, intención y veracidad de la información comentada o la repercusión a veces dañina de nuestras palabras. Bajo el influjo de nuestros sesgos e impelidos por el poder expresivo que nos brindan las redes, gritamos al unísono la prevalencia de nuestra verdad sobre las opiniones de otras personas. Después de todo ¿quién puede privarnos de creer y expresar lo que nos dé la gana si lo que revelan nuestros prejuicios es aquello que verdaderamente somos?...

Percepción es realidad (aunque esta nos exclame lo contrario). Así funcionamos. Así se diversifican los puntos de vista y se enriquece el conocimiento humano. Sin embargo, en tiempos donde el alcance de nuestras opiniones puede suscitar tanto debates provechosos como oleadas globales de desinformación, difamación pública, inestabilidad política, linchamientos mediáticos, exclusión social e incluso asesinatos y suicidios, necesitamos tomar consciencia sobre el peligro que conlleva abandonarnos al prejuicio sin antes realizar una profunda reflexión sobre la información con la que somos bombardeados y sus implicaciones en nuestro entorno.

El ideal es aprender a leer lo que sucede a nuestro alrededor, escudriñar nuestros sesgos y opinar con responsabilidad. Un ejercicio así es también un refuerzo inmunológico ante la virulencia de las redes sociales. No hay que olvidar que los argumentos que reproducimos y asumimos como verdades generalizadas, pueden corresponder a hechos falseados por maquiavélica diversión o, peor aún, a una superestrategia de moldeo de percepciones y actitudes colectivas, cuya intención primordial dista de comunicar la verdad y promover el bien común.

En una época de consideraciones maniqueas y donde las libertades informativas y de opinión son muchas veces espejismos de un albedrío propio, lo mejor es tomar un respiro, admirar el horizonte y aceptar que el mejor comienzo para el análisis de la realidad es considerar que tal vez estemos equivocados.

Si te gustó este post, te invitamos a compartirlo a través de tus redes.

Artículos archivados